En el fútbol hay empates que suman un punto y otros que dejan más dudas que certezas; y el de San Martín y Quilmes pertenece al segundo grupo. Porque más allá del resultado, lo preocupante fue la sensación que dejó el equipo dirigido por Andrés Yllana: sin identidad, sin confianza y, sobre todo, sin un plan claro para salir del pozo en el que se encuentra.

El contexto exigía una respuesta fuerte. Después de tres derrotas al hilo, San Martín necesitaba ganar; no había demasiado margen para especular. Sin embargo, la propuesta elegida volvió a transmitir exactamente lo contrario.

Yllana apostó otra vez por un esquema 5-3-2 que, en los hechos, terminó siendo todavía más conservador. De los 10 jugadores de campo, sólo Nicolás Castro, Luca Arfaras y Diego Diellos podían considerarse futbolistas de características ofensivas. El resto tuvo una impronta decididamente defensiva. Y para colmo, Castro pasó gran parte del duelo demasiado lejos del área rival.

Allí apareció el primer gran problema táctico. San Martín quedó partido. Los defensores iniciaban las jugadas, los delanteros esperaban arriba y entre ambos sectores se abrió un vacío enorme. Nadie logró conectar las líneas, ni encontró los espacios para recibir, girar y acelerar. El equipo se volvió largo, previsible y extremadamente fácil de controlar para un rival que tampoco atraviesa un buen momento.

La consecuencia fue inmediata. San Martín prácticamente no generó situaciones de peligro. Le costó enlazar tres o cuatro pases consecutivos, nunca logró instalarse cerca del área de Quilmes y terminó dependiendo de pelotazos, segundas jugadas o acciones aisladas. Más que un equipo intentando construir, pareció un grupo de futbolistas improvisando soluciones sobre la marcha.

Lo más llamativo es que ni siquiera la apuesta defensiva le otorgó garantías. Porque detrás de la línea de cinco también aparecieron grietas. Quilmes encontró espacios para avanzar, generó algunas aproximaciones peligrosas y expuso desajustes que, frente a un rival con mayor jerarquía ofensiva, probablemente habrían terminado en situaciones mucho más comprometidas.

San Martín tuvo la suerte de toparse con un rival que pasa por un pésimo momento

Si San Martín no sufrió fue, en gran medida, porque enfrente tuvo a un equipo que explica con su rendimiento el motivo de su incómoda posición en la tabla. El “Cervecero” mostró limitaciones similares y careció de la calidad necesaria para castigar los errores que encontró.

Por eso el empate deja una sensación todavía más inquietante; porque ni siquiera fue superado por un adversario poderoso. El problema estuvo puertas adentro, en las decisiones, en el funcionamiento y en la incapacidad para generar juego.

El empuje estuvo, pero hace tiempo que eso dejó de ser suficiente. En el fútbol profesional los partidos no se ganan solamente con actitud. Se necesitan mecanismos, sociedades, movimientos trabajados y convicciones. Y San Martín parece carecer de todo eso.

La gran preocupación es que las fechas siguen pasando y las respuestas no aparecen. Yllana modifica nombres, cambia esquemas y prueba distintas alternativas, pero el equipo continúa ofreciendo la misma imagen: confusión, escasa generación de juego y una preocupante falta de evolución.

Lo mostrado contra Quilmes transmite la sensación de que todo está sostenido con alambres. Que cada partido es una búsqueda desesperada de soluciones inmediatas y no la construcción de una idea futbolística.

El margen empieza a reducirse peligrosamente porque la tabla no espera a nadie; y si la mejoría no llega pronto, San Martín corre el riesgo de ver cómo el tren de los protagonistas se aleja definitivamente en el horizonte.